Oleo sobre tela de 070x050
que siguen su lamento.
El sol les iza y cómplices
surgen aires tibios, detrás del monte que les sostiene,
que las mima de puro gusto.
Se hace tarde en la costa furiosa. Los árboles se duermen
con sus hojas y bailan entre ellas,
como si fuesen manos verdes que se unen,
que transitan por la escena movediza.
Más mi pena sigue chorreando colores,
de aquellos que nunca he visto en un ocaso.
Llueven chispas de nostalgia contenida,
se agigantan los bosques de sal,
se abren otros en la ventisca.
Y bajo el tenue granizo de piedra
mi mente se acuesta a soñar por dentro.
Viento fresco, temperado, obsoleto, que se traga la calma.
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