sábado, 28 de agosto de 2010
viernes, 20 de agosto de 2010
domingo, 8 de agosto de 2010
Texto de Ed Shaw

Felipe sallies forth as a knight errant in his quest to express his essence in paint. His is the essence of every maturing youth whose dissatisfaction with the ‘system’ has no practical form of expression. As a hereditary beneficiary of the ‘system’, he knows it inside out. He has chosen to become its critic: he lives outside its sacrosanct perimeter, knows how to play it when necessary, recognizes its perks, but chooses to paint his way out of it.
As a painter, he has his debts, as do all artists. Few Chilean painters can escape the cosmic vision of Roberto Matta, whose otherworldly creatures, fluid backgrounds, and ping-pong game between the past and the future leave a turbulent present for the viewer to resolve for himself. Bunster does not seek to emulate Matta’s metaphysics. His backgrounds, however, have reminiscences of the master’s favorite flavors. It is to his credit that he aims for the best in a national tradition that provides more monotony than variety.
His palette is stark and strident, shocking to an eye accustomed to the classics like Matisse or Monet. The work has the bite of certain poster art, designed to maximize its impact by shock. Elements of graphic design pop in and out of the work. There is no attempt, however, to seduce the art lover with gentle caresses of color, no interest in being ‘decorative’ or user-friendly. Bunster can be playful, but his game is a rough one, not attuned to the delicacies of the upscale market place.
The artist has created a personal arsenal of symbols. Distortion is a major source of his firepower. Contrast is blatant in both the placement of color and the juxtapositioning of symbols. The first impression is one of constrained chaos, of an abandonment of clarity and cohesion. At first glance, there is an excess of information, too many points of interest competing for the viewer’s attention. Each viewer has his antennas set in the channels of past experience: each antenna is trained to focus on a variant of what has customarily been its principal area of attention. Bunster’s work falls outside of that preordained selection of imagery. This confrontational approach means that the viewer has to enlarge the boundaries of his past experience to incorporate the new material the artist offers. Some have that capacity, other do not. A portion of those who can, will find a clue, a hint of previously acceptable experience in a fragment of a painting. It is upon that fragment that the viewer must build his dialogue with the painting, establish a common ground on which to incorporate the painting in its entirety into the scope of his experience.
Perhaps it is a splash of color that elicits the retina’s approval. Perhaps one of the images or symbols awakens curiosity as it transits the tunnel from eye to mind. The viewer with an open attitude can take these fleeting perceptions as signals confirming the validity of further evaluation. Step by step, the wary viewer enters into a tenuous dialogue with the work, and from this interaction, the work is impregnated with a latent magnetism that can facilitate the approach of a future viewer. In turn, the viewer is imbued with a heightened receptivity that will permit him to look upon the next painting he confronts with a more generous attitude.
Bunster’s paintings are challenging to the eye and disquieting to the mind. They are confrontational: stepping stones to understanding the changes that engulf us at every moment of our lives. They provide information, stepping stones to what the changes entail, how to contend with them, and how to discard our fears and recognize them for what they are: he offers us signposts to navigating in today’s world in all its infinite complexity and discontinuity. We should be grateful to Felipe for forewarning us of the dangers and delights of this tumultuous world we inhabit.
The true mark of an artist is his ability to move society forward. Felipe through his visual warnings, alerts us to this challenge. His art is provocative. Let yourself be provoked and his work will have accomplished its purpose. The reaction is in the eye of the beholder. Expression in any form of art aims at expanding our consciousness. Felipe’s plea for transformation, however, is aimed at our existential register rather than our spiritual person. His is a powerful wake-up call to incorporate a broader spectrum of the colors that can enrich an everyday life, of the symbols that can facilitate our understanding of it.
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La pintura de Felipe Bunster nos impacta como la sección de percusión en un concierto de rock. El ritmo es vigoroso y se palpa, golpeando nuestros órganos vitales así como fijando el ojo. Sus imágenes son agresivas y formidables: símbolos de esta era y entorno los que él anuncia por medio de agresivos brochazos. Incluso su uso del color subraya su mensaje, un mensaje que refuerza la fiereza de lo contemporáneo. La obra es una versión visual de la música de esta era, el sonido y las canciones que han reverberado en sus oídos desde que era niño.
Felipe sale impetuosamente como un caballero andante que busca expresar su esencia en la pintura. Él representa la esencia de todos aquellos jóvenes que en el viaje hacia la madurez van expresando su insatisfacción con el “sistema”, y donde en realidad no hay una forma práctica de expresarlo. Él, como un beneficiario heredero del “sistema”, se lo conoce al revés y al derecho. Él ha decidido ser su crítico: vive fuera de su sacrosanto perímetro, sabe cómo bailar al son de la música cuando es necesario, reconoce sus atractivos y conveniencia, pero elije salirse de ese ambiente por medio de su pintura.
En su calidad de pintor, tiene sus deudas, como todos los artistas. Pocos pintores chilenos pueden escapar de la visión cósmica de Roberto Matta, cuyas criaturas de otros mundos, trasfondos fluidos, y juego de ping-pong entre el pasado y el futuro dejan un turbulento presente para que el observador lo resuelva por si mismo. Bunster no busca emular la metafísica de Matta. Sin embargo, sus visiones tienen reminiscencias de los sabores favoritos del maestro. Y hay que reconocerle que apunta a la excelencia dentro de una tradición nacional que nos da más monotonía que variedad.
Su paleta es fuerte y estridente, impactante para un ojo acostumbrado a los clásicos como Matisse o Monet. La obra muerde como cierto arte tipo afiche, diseñado para maximizar el impacto vía shock. Los elementos del diseño gráfico irrumpen y saltan fuera de sus obras. Sin embargo, no hay ningún intento de seducir al amante del arte con suaves caricias de color, ningún interés en ser “decorativo” o amigable. Bunster puede ser juguetón, pero su juego es duro, sin ánimo de complacer o estar a la altura de las delicadezas que gustan al mercado de la elite.
El artista ha creado un arsenal personal de símbolos. La distorsión es una fuente importante de su artillería. El contraste es evidente tanto en su manera de ubicar el color y la yuxtaposición de símbolos. La primera impresión que nos llega es una de un caos constreñido, una negación total de la claridad y de la cohesión. A primera vista, hay un exceso de información, demasiados puntos de interés que compiten por la atención del observador. Cada observador tiene sus antenas dirigidas hacia los canales de su experiencia previa: cada antena dirigida a enfocar en la obra de Bunster cae fuera de esa selección predeterminada de imaginería. Este enfoque confrontacional significa que el observador debe ampliar los márgenes de su experiencia pasada a fin de incorporar el nuevo material ofrecido por el artista. Algunos tienen esa capacidad, otros no. Parte de los que sí pueden, encontrarán una pista, una insinuación de una experiencia previa aceptable en un fragmento de una pintura. Es sobre ese fragmento que el observador debe construir su diálogo con la pintura, estableciendo un terreno común en el cual podrá incorporar la pintura completa al ámbito de su experiencia.
Quizás sea un manchón de color lo que provoca la aprobación de la retina. Quizás una de las imágenes o símbolos despiertan la curiosidad mientras transitan por el túnel que va del ojo a la mente. El observador que tenga una actitud abierta podrá tomar estas fugaces percepciones como señales que confirmen la validez de una futura evaluación. Paso a paso el observador cauto ingresa a un tenue diálogo con la obra, y fruto de esta interacción, ésta se impregnará de un latente magnetismo que puede facilitar la llegada de un observador futuro. En cambio, el observador estará impregnado de una mayor receptividad que le permitirá observar la siguiente pintura a la que se enfrente, con una actitud más generosa.
Las pinturas de Bunster son desafiantes para el ojo e inquietantes para la mente. Son confrontacionales; escalones para comprender los cambios que nos envuelven a cada minuto de nuestras vidas. Proporcionan información, escalones hacia el significado de estos cambios, de qué manera manejarlos, y de qué manera desechar nuestros temores y reconocerlos por lo que realmente son: él nos ofrece “letreros” para navegar por el mundo de hoy en toda su infinita complejidad y discontinuidad. Debiéramos agradecer a Felipe por advertirnos de los peligros y delicias de este mundo tumultuoso en que vivimos.
La verdadera meta de un artista está en su habilidad para empujar a la sociedad hacia delante. Felipe a través de sus advertencias visuales nos alerta sobre este desafío. Su arte es provocativo. Déjese provocar y así su obra habrá cumplido su objetivo. La reacción está en el ojo del observador. La expresión en cualquier forma de arte aspira a expandir nuestra conciencia. Sin embargo, el mensaje de Felipe pidiendo transformación está dirigido a nuestro registro existencial en vez de a nuestro ser espiritual. El suyo es un poderoso llamado para incorporar un espectro más amplio de los colores que pueden enriquecer una vida diaria, así como los símbolos que pueden facilitar nuestra comprensión de ello.
Traducido por Jaime Bunster.
